divendres, 22 d’abril de 2016

Inacabar el mundo

Marina Garcés encarna el optimismo frente a la catástrofe

Marina Garcés disertando en el CCCB

Lo confieso. Soy un fan acérrimo de las películas de Disney, en especial de las del Rey León. Hay una escena concreta que suele venir por momentos a mi mente: la reflexión entre Simba y Rafiki sobre el tiempo y sus cambios. “El pasado puede doler —le dice el primate—, pero tal como yo lo veo puedes huir de él o aprender”. La escena acaba con Simba corriendo de regreso a casa a través de la sabana, mientras Rafiki aúlla a las estrellas y ríe con una emoción casi perturbadora. Ahora es uno de esos momentos. Marina Garcés, una filósofa de guerrilla, ponente de hoy en el ciclo de conferencias del CCCB sobre “nuestro tiempo”, advierte ya de entrada que no hablará sobre la aceleración del tiempo, sino más bien de cómo encontrarnos en él. Es lo que suelen hacer los filósofos, alejarse de las perspectivas trilladas sobre un tema para acercarse a él desde un punto de vista diferente. “Estamos acostumbrados a la sucesión de instantes, de fotos fijas, nos hemos acostumbrado a vivir así y nos olvidamos de que lo que realmente da sentido a que estemos ahora aquí son cosas que pertenecen al pasado”. Sus palabras golpean duro, como el bastonazo de Rafiki a Simba. Encontrarnos en el tiempo es precisamente ocupar nuestro lugar en el ciclo de la vida. Aceptar nuestro pasado, dejar de huir y empezar a aprender.

La sala de actos se va llenando. Marina Garcés se muestra muy agradecida por el recibimiento. Cuando habla, el silencio de la sala es igual de absoluto que la contundencia de su mensaje: “Nuestro tiempo es el tiempo de que todo se acaba”. La filósofa aborda y describe de forma sobrecogedora la realidad en la que vivimos, sin olvidarse de ligarla con el pasado más reciente. Según ella, la posmodernidad nos situó hace décadas frente a la idea de un capitalismo global, una producción ilimitada y un crecimiento indefinido. “Nos ilusionó con promesas de un presente inagotable que hicieron que ya no fuera necesario pensar en el futuro. Ya habíamos llegado a él”. Pero el presente de hoy en día ya no es ese presente eterno, inagotable y lleno de promesas. Hoy somos ese niño decepcionado que ve como el capitalismo se ha descontrolado, como los recursos se agotan y como se extinguen los ecosistemas y la biodiversidad. La decepción implica una pérdida de la confianza, en este caso, de la confianza hacía un futuro mejor y, como todos sabemos, la confianza es muy fácil de perder y muy difícil de recuperar.

El relato que predomina en nuestra época es el relato de la catástrofe, de la destrucción irreversible, de que el tiempo se nos acaba. “La pasada condición posmoderna se caracterizaba principalmente por la incredulidad ante los grandes relatos, por dejar de creer en un sentido único de la historia, de la experiencia, no como condición cínica, sinó como emancipación ante los sentidos e identidades únicas”. Pero ahora, la violencia del relato único ha vuelto. Este tiene una narración lineal de muerte, devastación y extinción, que impregna todos los ámbitos de nuestra vida y de nuestra cultura. Todo este discurso de Marina Garcés suena cercano porque incluso el arte del cine lo refleja a la perfección. En la última película de Matt Damon, Marte, podemos ver la necesidad humana de trasladarse al espacio. El día de mañana, muestra como el calentamiento global puede acabar con la humanidad. Otros ejemplos son la próxima Civil War de Marvel, Soy Leyenda, Interstellar, Cloverfield, 2012, La carretera, Mad Max, Independence Day, etc. Todas ellas son diferentes, pero están unidas por ese relato catastrófico del no-futuro. Un relato que nos enfrenta a nuestra existencia, que se hace concreta ante la posibilidad de su propia destrucción, y que nos sitúa frente a un “todo o nada”. Una narración que ha dotado a nuestro tiempo de una sensación continua de emergencia, de salvación tanto personal como colectiva, lo que no nos permite experimentar con nuestra vida.

Pero, ¿por qué triunfa tanto este relato? ¿Por qué lo aceptamos con tanta facilidad? ¿Por qué nos dejamos encajar en esta prórroga post mortem en la que solo podemos intentar salvarnos? “Pues porque ya hemos muerto”, asegura Marina Garcés sin miramientos. Y a todos los allí presentes se nos hiela la sangre, porque intuimos lo que hay detrás de esas palabras. Nuestra muerte histórica nos conduce al siglo XX, un siglo inacabado que tiene una cartografía con nombres propios: Auschwitz, Palestina, Chernóbil, Nagasaki, Hiroshima… Según la filósofa, aún pertenecemos a ese siglo, al siglo del asesinato masivo de millones de personas. Una experiencia que la posmodernidad neutralizó, escondió y obvió a través de su simulacro inagotable y eterno del capitalismo ilimitado. La historia de las catástrofes rompió la línea temporal. Aquello que se pudo esconder a través de un discurso optimista y de progreso, vuelve ahora a asomar la cabeza en nuestro tiempo. En el pasado hallamos la respuesta de nuestro presente, pues de él venimos. Solo así, dando un paso atrás y reflexionando sobre él, entenderemos que lo que estamos viviendo no es “el miedo a un futuro amenazador, sino la consecuencia de un pasado que no hemos superado”.

Y es que la filosofía siempre ha sido una herramienta poderosa para enfrentarse a la vida. Al griego Sócrates lo nombraron el más sabio del mundo solo por “saber que no sabía nada”, y eso es, al parecer, lo que debemos hacer nosotros. A través de la sabiduría del no saber nada, la filósofa apela a hacer un acto de insumisión ante la aceptación de los argumentos de nuestro tiempo. La filosofía, en su idiotez radical, es una interrupción del sentido del mundo. “Podemos declarar que no sabemos nada de nuestro final —nadie lo ha sabido nunca—, que no entendemos el relato que nos condena, y hacer nuestra esta condición de manera sostenida y en un contratiempo continuo, posibilitando la crítica y abriendo la puerta a nuevas experiencias”. Porque la muerte que nos impone estos tiempos no es una muerte natural, sino un asesinato. Y ejercer la crítica es precisamente poder señalar este crimen, el de la muerte que depende del verbo matar y no del verbo morir. “No sabremos —admite— cual será la nueva línea temporal a la que se dirigirá la humanidad, pero hemos de marcar límites, trabajar la percepción de la dignidad y hacerla tan irreversible, como irreversible dicen que es nuestro final”.

Dejo de coger apuntes y aplaudo junto a los centenares de personas que, como yo, han dejado de huir para enfrentarse y aprender de su pasado durante algo más de una hora. Entonces pienso en como la enseñanza de la filosofía —que es ante todo voluntad de comprensión— está siendo desplazada de los planes de Bachillerato y viéndose abortada su transmisión. Como si ya no fuera necesario preguntarnos si no estamos en una caverna y quizá viendo objetos virtuales —sombras chinescas— que no se corresponden con el verdadero mundo real. De pronto, la imagen de Simba corriendo por la sabana para enfrentarse a su destino vuelve a mi mente. Y es que hay veces, en la vida, donde no todo sucede como deseamos, como suponemos, ni como tenemos previsto. Hay que aceptar que no controlamos todo lo que nos ocurre, sin embargo, sí podemos controlar lo que decidimos hacer con ello y la manera en cómo lo queremos vivir. No nos toca a nosotros decidir qué tiempo vivir, pero podemos decidir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado. Por muy duro que sea el pasado de donde venimos, hemos de afrontarlo sin miedo. El maestro Tolkien lo dejó grabado en tinta: “Así son las grandes historias, las que realmente importan, llenas de oscuridad y de constantes peligros, esas de las que no quieres saber el final porque ¿cómo van a acabar bien? ¿cómo volverá el mundo a ser como era después de tanta maldad como ha sufrido? Pero al final todo es pasajero, como esta sombra. Incluso la oscuridad se acaba para dar paso a un nuevo día. Y cuando el sol brilla, brilla más radiante aún. Esas son las historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido aun cuando eres demasiado pequeño para entenderlas…”


Alexander García Galisteo

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