dijous, 23 de juny de 2016

CCCB

No me gustan los aires de Barcelona. De hecho, nunca me han gustado las grandes ciudades. No soporto las aglomeraciones de gente. Me revientan las paradas cada cien metros por culpa de un semáforo. Odio ese olor a tráfico estancado que invade todos los rincones de las grandes urbes. Nunca me he fiado de los turistas que se pasean dando vueltas por la misma manzana buscando rincones para fotografiar cualquier cosa. Detesto ver como se tienen que pagar tres euros por una botella de agua en la Plaça Catalunya. Me aturde el calor húmedo del metro. Me asquea tener que caminar esquivando a jóvenes armados con palos selfie, y ando continuamente asustado de que me robe la cartera algún carterista profesional. Barcelona es todo esto y mucho más.
                                            
Pero luego, cuando bajo del tren, me acuerdo de que Barcelona también es la ciudad de la eterna resistencia; la ciudad cosmopolita que cada año atrae a millones de curiosos a sus numerosos monumentos; la ciudad de Gaudí, de Lluís Companys y del Barça; la ciudad donde nadie se fija en lo qué llevas puesto y donde la palabra “extranjero” ha perdido su sentido; la ciudad de la paradoja y la ironía, donde los vendedores del “Top Manta” venden bolsos de imitación delante de las tiendas oficiales; la ciudad europea, donde los nacionalismos conservadores y las identidades rígidas ya no tienen ni sentido ni lugar. Barcelona es la ciudad de los museos y las exposiciones, de los conciertos y de las obras de teatro, del MNAC, del Palau de la Música y del CCCB. Sí, Barcelona es también la ciudad del CCCB.


Porque entre todo ese estrés urbano, el aparente descontrol perpetuo y esas idas y venidas de la miríada de personas de todos los rincones del planeta, se encuentra la cultura, la cultura de una ciudad que sustenta a la de toda una nación. Y, en el centro de esa cultura, está el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona. Una ventana al mundo, inaugurada en los noventa, con el aire de grandeza y la vitalidad propias de esa época, que permite en un mismo día visitar una exposición sobre arte africano contemporáneo, escuchar un concierto de música clásica y conocer al ganador de un Oscar. Aunque, seguramente, si Jean-Luc Godard, un artista que en el CCCB habría encontrado su hogar, leyera esta crónica, diría que me equivoco, que el CCCB no es cultura, no forma parte de la regla: el CCCB es arte, es la excepción.


Alejandro Souren

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