dijous, 23 de juny de 2016

Making Africa


África no es un país. “Salvo por el nombre geográfico, África no existe” decía Ryszard Kapucinski. Y no obstante, seguimos refiriéndonos a este continente de cincuenta y cuatro países, más de dos mil lenguas y de mil millones de habitantes, como una misma unidad; como esa masa de tierra árida, pobre y calurosa, que nos queda tan lejos de aquí. 

Con la intención de demoler los estereotipos vinculados al gran continente, llega al CCCB la exposición “Making Africa” donde más de 120 artistas africanos exponen sus mejores obras y nos hablan de la nueva África, libre de pecados coloniales, que están construyendo.

Todo empieza con una sección llamada “prólogo”, que da la bienvenida al visitante con tres pantallas que enmarcan la sala y veinte entrevistas proyectadas en bucle. Las voces de profesionales y teóricos de todo tipo nos adentran en una cacofonía lingüística que nos obliga a reflexionar sobre nociones preconcebidas del continente y sus gentes. Y es que si “Making Africa” tiene algún objetivo, es el de derribar clichés. Esta es una exposición como pocas. El juego lumínico es una elemento esencial de esta muestra. Las paredes negras y la oscuridad de las salas, que crea una atmosfera completamente ajena para el espectador, solo se ve interrumpida por unos focos modestos de luz fría que subrayan, las obras más importantes. Nada rompe la sensación de inmersión.  

Después de la breve discordancia fonética inicial, me encuentro con uno de los mapas del artista Kai Kraus, que ilustra este artículo, y nos demuestra, en una sola imagen, el tamaño de ese gran continente que confundimos con un país. Las obras de arte de “Making Africa” logran su propósito. La impresión inicial del espectador es que se encuentra delante de un esperpento artístico, fruto del delirio de un artista enloquecido. Imágenes de vírgenes cristianas convertidas en mujeres africanas; representaciones de África como el continente central de un mapamundi; fotografías de arquitectura sudafricana en decadencia; vestidos completamente transparentes o botellas de plásticos arrugadas, convertidas en arte. Nada de lo que guía esta exposición tiene una dirección clara, en ese sentido, la exposición hace honor al adjetivo “contemporáneo”. Pero “Making Africa” sí tiene un objetivo, una finalidad. En ese aparente desorden  y sinsentido, donde una botella de plástico es mucho más que basura, se esconde la herramienta necesaria para purgar el pasado colonial del territorio. “Making Africa” es la luz redentora de todo un continente, que lo expía de unos pecados que nunca ha cometido, pero que no hace tanto, le fueron impuestos. Y nos demuestra, de una forma completamente novedosa, que África está más que preparada para dejar de ser un país en la memoria colectiva, y convertirse en el continente que realmente es.
                                                                              

                                                          
Alejandro Souren

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