dimarts, 2 de juny de 2015

Memento

En Los premios, su primera novela, Cortázar ya deja claro su desprecio por el lector, según su clasificación, hembra, es decir, aquel lector pasivo que devora las páginas solo para saber si el personaje con el que tanto ha empatizado finalmente muere o no. El lector macho, en cambio, de alguna u otra manera participa del texto. Cabe decir que dicha clasificación de la involucración en función del sexo es del todo inapropiada, y el propio Cortázar se percató de ello y la cambió, más tarde, por activo y pasivo.
Su desprecio no quedo en simple crítica, sino que en Rayuela, entre otras labores, se propone «intentar en cambio un texto que no agarre al lector pero que lo vuelva obligadamente cómplice al murmurarle, por debajo del desarrollo convencional, otros rumbos más esotéricos». Es más, a Morelli, portavoz de Cortázar en Rayuela, «le revienta la novela rollo chino. El libro que se lee de principio a final como un niño bueno».
Todo esto viene a cuento de que Memento, penúltima película del ciclo no es, ni por asomo, un celuloide chino, sino más bien un caleidoscopio, un collage. El lector pasivo, que solo quiere ver el final, se desquiciará desde el primer minuto, pues Nolan nos murmura un nuevo rumbo esotérico empezando por el final y acabando por el principio. En literatura ya se han dado casos iguales, como Márquez con su Crónica de una muerte anunciada. En cine, no obstante, es el primer caso con el que me encuentro.
¿Dónde reside el interés, entonces, si se empieza por el final? El espectador, en este caso, se debería entusiasmar ante la idea de descubrir los acontecimientos que nos han llevado a esa primera escena, en un primer momento, incomprensible y descontextualizada. Se nos irán presentando, así, las escenas precedentes a la ya vistas, y cada cual de ellas explicará la escena antecesora.
Este montaje inusual se complica aún más cuando uno descubre que las escenas en color avanzan hacia atrás, mientras que las de blanco y negro siguen un orden típico. Casi siempre lo difícil es no perder el hilo de la historia  y hacerse una idea clara de qué está sucediendo y por qué. En Memento tenemos ésa labor, pero además nos obliga a comprender cómo se construye el relato, por lo que si no lo conseguimos perderemos el hilo desde la primera escena.
Antes de adentrarse en el laberinto de Memento les recomiendo, a modo de entrenamiento, la película Irreversible, de Gaspar Noé. De la misma manera que el film de Nolan, los hechos se nos presentan de manera causal y no consecuente pero sin la complicación de la divergencia temporal.

Nicolás Andrés González Silvera



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